22 de mayo de 2026

22 de mayo de 2026

Cristálida, Micaela Torterolo. Halley Ediciones, 2024

En su segundo poemario, Micaela Torterolo nos demuestra el poder de la palabra, la potencia de la poesía en un mundo superfluo, materialista y violento. “Escribes porque necesitas un lugar en donde sea lo que no es”, la autora trae la voz de Pizarnik plasmando la honda urgencia de decir y hacer de la palabra un hogar en la ligereza cotidiana y hostil de lo real. El poema puede prolongar el instante, detenerse en lo imperceptible, permanecer ante la evanescencia del goce, hacer frente a toda carencia, resistir a las sombras que invaden la noche y suturar las heridas de este mundo roto. La poesía es así revolución, el acto suave y fuerte de destruirlo todo para edificar, desde la palabra, una realidad superadora. Escribir es socavar el pasado, abrir la herida y habitarla, a la vez que una forma de no perder la esperanza imaginando futuros, la fantasía creadora de todo lo posible. 

El poemario oscila entre la introspección del yo y su unión con otras mujeres sobre las que se apoya para crear. La poesía le sirve para evadir la realidad, pero también para mostrar la vida desde su costado más crudo. Con una escritura confesional, el yo muestra una mirada muy humana sobre la maternidad, las relaciones amorosas, el deseo y la soledad, presentándose como una figura en la que las lectoras podrían sentirse representadas. Establece, a su vez, una continuidad con mujeres poetas que le han enseñado el poder de la palabra y subsana la historia de sus ancestras, que sabe “descargaban su fuerza fregando las ropas de algún hombre del que no podían deshacerse”, eligiendo la poesía como liberación. 

Buscar palabras se vuelve una tarea más del día, aunque ineludible, necesaria. Asume la carencia de lo material como parte de un sistema que ciñe la vida sobre la propiedad de objetos, encontrando su verdadera riqueza en la posesión inexpropiable de la poesía. La rebelión contra el sistema radica en “sólo tener palabras” y guardar en el poema “el ritmo de las cosas” (la respiración, el pulso), detenerse en aquello que, lejos de tener un valor monetario, podría pasar desapercibido, para conservarlo como un tesoro. 

Allí donde el deseo deshace al yo, el amor es descartable y el instante de satisfacción empieza y termina en la carne, el poema hace más permanencia en la piel que el roce, intensifica lo nimio y eterniza lo fugaz en el papel. Peri Rossi lo había dicho: “detente, instante, eres tan bello”. La palabra seduce, manifiesta y reclama, pero no todo lo que se tiene en el corazón puede decirse, a veces queda en la boca y se funde en un beso, otras, queda impreso en un libro, en un lector. El poema permite leer las marcas del pasado en el cuerpo, recuerda pero también persigue, resurge en la vigilia nocturna y gotea sobre el yo como una lluvia incesante.

Escribe para llenar de sustancia el silencio, para abarcar la soledad, hacerle frente, para no morir en el mundo inmenso que lleva adentro. Es la poesía ese “posible hallazgo” del que nunca desiste. Intenta destruir todas las creencias ajenas que ha hecho suyas para encontrar allí su voz más propia, la fuerza pura del yo, su identidad, y sin embargo, se siente humo y se desvanece. El poema insiste, susurra, grita; el yo se presenta en su afán de “ser otra”, una versión futura que encuentre en la palabra una forma de no ocultarse, ser cristálida, como la canción de Spinetta, y de no perderse, permaneciendo escrita en el tiempo.

Nacida en Buenos Aires. Es estudiante de Letras en la UBA, apasionada lectora y poeta. Algunos de sus poemas integran las revistas Por el Camino de Puan y Nota al margen, las antologías Diana y Juanele de Ed. Camalote y Monte, y Cautivos del deseo de Ed. Converso. También ha publicado reseñas en Por el camino de Puan Web. Participa activamente en ciclos de lectura de poesía y dicta talleres de escritura.