12 de febrero de 2026

12 de febrero de 2026

si alguien tiene que ser después, Juana Bignozzi. Adriana Hidalgo editora, 2007.

Una adulta mayor nos canta la derrota de su trayectoria, sacudidos sus recuerdos por el viento de una noche en el ocaso del verano. Si alguien tiene que ser después narra el recorrido de una voz que entiende que sólo hay derrota en medio de “las imágenes complacientes de la teoría”. ¿Cómo ser alguien después? ¿Cómo ser alguien después del recuerdo de un aparente pasado agrio y fracasado? O, quizás, el condicional nos invita a pensar desde la tragedia de la vencida: ¿puede alguien ser después, ser después de una vida de lucha y de “acción de mi dura y querida izquierda reducida a librerías”?

Teñidas las tintas de sus letras por contradicciones humanas propias de la vida no lineal, si alguien tiene que ser después es y no es el fracaso, es y no es una despedida. Aquí se narra esa “permanente presencia” que impide el “espacio en blanco”; se canta al ejército sobreviviente luego de la partida del soñador que por fin se retira. No todo está perdido. ¿Realidad o simple esperanza de quien se consuela por su vana existencia al acercarse al fin de sus días? Si alguien tiene que ser después aborda los recuerdos que batallan entre sí para definir la existencia de su portadora, existencia marcada por creencias que, conforme pasan los años, pierden su fuerza social.

Entre sus poemas, no falta un rincón literario dedicado a la figura de la madre; la narradora es atravesada por esta relación y recompone el recuerdo de esta mujer: sola, italiana, desapegada y de pocos afectos, “sosteniendo toda la escena para ampararme”). Ya en la vejez, sitúa a su madre; antes críptica, ahora la comprende en su aprehensión: “vos marcabas mi vida para la verdad / el desamparo”.

Entre sus poemas, también, mientras se hierven chauchas y se cocina observando el mundo sin rumbo a través de una ventana metropolitana, se cuestiona el esnobismo, la ingenuidad, la teoría sin práctica y la esperanza practicada pero al final inútil.

si alguien tiene que ser después es, sin dudas, una despedida agria. Pero más que trabajar la memoria en sí, aquí se trata de la pregunta por el objeto que fue presente en un pasado, pero que eventual y naturalmente se transforma en imagen difusa y olvidable. En la despedida de la juventud, la narradora viaja a través de estos recuerdos y flota entre el valor del presente y del pasado para plantearse con qué registro narrarlos: ¿derrota y fracaso o esperanza y renovación? si alguien tiene que ser después, en última instancia, es lo que el propio título (y sus subtítulos) nos propone.

El capítulo “La luz de la edad” cancela la distancia del recuerdo porque, en el presente, la narradora se aproxima a la edad ominosa de esa adulta mayor antes lejana en su juventud. El texto trabaja el entendimiento por distancia temporal: el tiempo transcurre, la mente recuerda y el cerebro entonces comprende la nueva luz.

En el capítulo “El retrato moral”, se enfrenta la narración de la soledad en la ciudad, el insomnio, el ascensor por el carruaje, y la queja por el imposible entre la “furiosa juventud (que) creyó ser su mano ejecutora” y la “feroz intransigencia” de esta voz que canta “poesía dura y guerrera”. 

De la mano de este vaivén, podemos pensar en la operación innata a la selección: elegir poemas para retratar una vida no es más que el trabajo de incluir algunos recuerdos y obligatoriamente desechar otros. Juana Bignozzi evidencia que la historia de una vida no puede completarse sin la necesaria presencia de la contradicción. Y, quizás, su texto repleto de varios poemas sin título individualizante refuerce esta idea: narrar una vida no se trata de puntos seguidos; se trata de extractos, frases y voces desperdigadas, imágenes seleccionadas y descartadas, abiertas todas a la relectura constante. Tal como dice: “nunca esperen el final / sólo lo verá el espejo de mi baño”.

Es licenciada y profesora en Letras, y doctoranda en Literatura. Alrededor de los veinte años, empieza a investigar la vejez. ¿Por qué? Por ser hija de una mujer que nació en 1959, y de un padre que llegó casi a los 74 años, antes de partir en 2025.

Un recorrido por un seminario revelador con Laura Arnés, una adscripción con Julia Kratje y congresos disertantes la llevaron hasta su directora de tesis, Jimena Néspolo, quien publica sus reseñas de textos sobre la vejez en la revista Boca de sapo.