12 de marzo de 2025

12 de marzo de 2025

El fantasma de la belleza y otros cuentos, Hebe Solves. Con ilustraciones anónimas, a tinta y a lápiz. Ediciones böhm cine y la margarita, 2002. 

De esas rarezas perdidas entre estantes, tarde o temprano vueltas a descubrir… El título «El fantasma de la belleza» destellaba cual fogonazo entre los resultados que arrojaba el buscador del catálogo digital de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires al tipear «vejez» y «literatura», el objeto de estudio que atrapa a quien reseña estas líneas; las distintas combinaciones de palabras claves resultaban en la mención de esta compilación de cuentos de la escritora argentina Hebe Solves (1935-2009). Al intentar buscar más referencias, la web no aportó mucha información. El correo enviado a la dirección electrónica de la editorial independiente con curioso nombre se ha perdido en una bandeja de entrada en desuso. Entonces, la visita a la «Mariano Moreno» fue deseada por necesaria y necesaria por deseada. 

Protagonistas femeninas: Alcira y su hermana (personaje en segundo plano); Delia; Yolanda, una maestra; una mujer innominada; Nidia y la encargada de un museo. Nombres singulares para mujeres rodeadas en su mayoría por hombres comunes: Rodolfo, Andrés, Miguel, Raúl, Roberto, Ariel, entre otros menos habituales. La pregunta aquí es: si la individualización de estas protagonistas (el descubrimiento de sus nombres) por lo general se nos revela no desde el principio de cada historia, ¿se pone en cuestión su aparente importancia? ¿La narradora de El fantasma de la belleza intenta plantear que la particularización no es un asunto realmente obligatorio, y entonces estos relatos podrían representar experiencias colectivas?  

El desencuentro amoroso, la infidelidad, la mirada (cómo se mira, cómo se es mirada, cómo nos miramos a nosotras mismas) sin olvidar la problemática de la belleza y del sex appeal, menciones a la guerra, a la dictadura, incluso a los desaparecidos y a la expropiación de menores, el exilio, la corrupción, la política… Estos son los temas que abordan los distintos cuentos de este libro. 

«Quillangos y lombrices» y el recuerdo que reaparece del amante cuya ideología subversiva se reproduce en el hijo de Alcira y un militar; «Guerra con Chile» y el matrimonio fallido con un local oriundo del lado oscuro de la cordillera; «Pescado fresco» y el húmedo romance entre una maestra de adultos y el amante de uno de sus propios estudiantes; «Una mujer libre» y la engañosa libertad de una vida cruzada por trámites, roles y burocracias difíciles de apartar para la nueva mujer independiente; «El fantasma de la belleza» y la búsqueda larga e implacable por la recuperación de una belleza conceptual perdida por la edad; «La inteligencia» y la incertidumbre por el status intelectual de una encargada de museo rodeada por relaciones de poder. 

A varias de estas protagonistas las atraviesan problemáticas como la maternidad y lo amoroso. La maternidad, de hecho, como experiencia desafectada en el sentido de carente de afecciones, pero también carente de afectos profundos; las madres de estos textos cumplen su rol maternal y mencionan a sus hijos o hijas al vuelo de un café al paso, sin la cadena absorbente del antiguo cordón umbilical. Y sobre lo amoroso, tema que de uno u otro modo se nos presenta y narra en cada uno de estos cuentos, sin embargo se resuelve con una rapidez y brevedad particulares, cual asunto sin injerencia, cual subjuntiva que simplemente relata información.

¿Puede pensarse lo común de estos argumentos en relación a las tintas que decoran las páginas vacías entre el fin de un cuento y el inicio de otro? Un espejo con reflejo fantasmal frente a una mesa, una mano cortando rebanadas de pan, un par de jarrones y naturaleza muerta y una hogaza sobre una manta. Escenas cotidianas, imágenes comunes. 

Estas mujeres experimentan su libertad atravesadas por «la intromisión de cuestiones de género (¿o sexuales?)» (73). El fantasma de la belleza trabaja sobre la independencia de mujeres particulares pero colectivas, en gran parte acompañadas, pero sólo superficialmente, por hombres. 

Es licenciada y profesora en Letras, y doctoranda en Literatura. Alrededor de los veinte años, empieza a investigar la vejez. ¿Por qué? Por ser hija de una mujer que nació en 1959, y de un padre que llegó casi a los 74 años, antes de partir en 2025.

Un recorrido por un seminario revelador con Laura Arnés, una adscripción con Julia Kratje y congresos disertantes la llevaron hasta su directora de tesis, Jimena Néspolo, quien publica sus reseñas de textos sobre la vejez en la revista Boca de sapo.