26 de febrero de 2026

26 de febrero de 2026

¿Sabés que la abuela usó esta sartén para pegarle a un ladrón?

Llevábamos un rato limpiando y era la primera vez que madre interrumpía el silencio que compartíamos. Miré a mi abuela, sentada inmóvil en la esquina. Parecía un bebé gigante, no podía imaginarla golpeando a nadie que no fueran sus propios hijos.

—Nosotros éramos chicos, papá no estaba. Nos entraron a robar y ella nos defendió tenía la mirada perdida. Movía las manos como si pudiera ver la escena frente a ella. Había algo dulce en su voz.

No sabía, no puedo imaginarla… 

—Ah, tu abuela era una mujer valiente —interrumpió madre. Sabía que la conversación no continuaría. Hablaba de ella como si no existiera. Quizás ya no existía—. Andá a limpiar el cuarto, gordita.

La casa de mi abuela era chica. La sala y la cocina estaban separadas por un desayunador. Sólo tenía una habitación donde apenas entraba el colchón, la pelela para adultos y el resto de los muebles. Al entrar me invadió un olor nauseabundo. A tientas busqué el interruptor, pero la luz no prendió. Tropecé con la cómoda y logré acercarme a la ventana. Abrirla no fue fácil; el pestillo estaba oxidado y la madera hinchada por la humedad. Después de varios tirones, cedió. El aire fresco entró a la habitación y la luz exterior hizo reconocibles los muebles. Había ropa desparramada por todos lados. Encontré el origen del olor. Era un plato de guiso a medio terminar, escondido debajo de una pollera de paño al lado de la cama. 

Una vez que logré deshacerme de eso, me senté en la cama a mirar el exterior. Siempre me sentí atraída por el bosque, como si me llamara. Las formas desparejas. Los cambios de tonalidades de verde. La carrera por llegar al sol. El leve baile de los árboles con el viento me hacía sentir en paz. Afuera todo parecía tener un orden. El bosque era lo único que me gustaba de ir a lo de mi abuela. Pensé que no sería difícil trepar por la ventana. Correr la silla de la ropa, un salto y libertad. Recordé a madre y puse fin a mis sueños. Suspiré. Me levanté a limpiar. 

Vacié el armario y la cómoda. Todo estaba en cajas, menos el cajón de ropa íntima; esa era una tortura que ni madre podría imponerme. Toda la ropa era simple y elegante, de una calidad que ya no existe. Trajecitos de tweed, sombreros que parecían cajas de bombones, medias finas con diseños intrincados. En comparación, me sorprendió la poca cantidad de pantalones gruesos y jogginetas que tenía. Era extraño imaginarse a la mujer que había usado esos atuendos tan distinguidos. Nunca la conocí. Me hubiera gustado. 

Una vez que el cuarto pareció estar en orden, me agaché a mirar debajo de la cama. Además de varios kilos de pelusa y telarañas, encontré unas pantuflas, un par de medias de nylon ¾ y muchas monedas desparramadas. Cuando era chica me sentía tentada a robar algunas para comprarme caramelos, pero el miedo a la ira de mi abuela siempre me detenía. Me encantaba esconderme ahí abajo, lejos del caos. Me quedaba inmóvil por horas, pensaba que si movía alguna iba a significar algo malo para mi familia. Mientras las juntaba me preguntaba si realmente estaba rompiendo un hechizo de abundancia. Solía pensar que mi abuela era rica. Al ver todas las monedas juntas, parecían poca cosa; no alcanzaban ni para un alfajor. Quizás no había sido un ritual muy efectivo. Quizás lo que abundaba en la familia era otra cosa porque la abuela no había sido clara en sus intenciones. O quizás yo no me había quedado tan quieta como recordaba y todo era mi culpa. 

Me decidí a limpiar la mesita de luz. Arriba había un velador, del que colgaban varios rosarios, uno más feo que el otro; un par de latitas con pastillas de diferentes colores y tamaños; y algunas fotos familiares, de bebés con trajes ridículos, resguardadas por un vidrio. El cajón estaba repleto. Había listas de compras, recetas médicas, recibos en papeles amarillentos y varias cartas. La mayoría parecían ser de mi abuelo, las separé para ver qué quería hacer con ellas madre. Una no tenía remitente. Había algo llamativo en ella. La abrí. Luego de pasar mis ojos por esa letra sumamente prolija, se la mostré a madre.

 —Debe ser una de sus cartas suicidas. Pensé que las habíamos tirado todas —dijo, sin darle importancia, mientras comenzaba a leer—. Ah, esta fue la vez que salió corriendo desnuda. La tuvimos que salir a buscar en el auto.

Ya había escuchado esa historia, pero siempre me descolocaba. No era un relato completo. Nunca supe si era una situación común en la infancia de madre. Sólo sabía que una vez mi abuela había salido corriendo de su casa, completamente desnuda, dejando atrás a su marido y a sus hijos. Madre hablaba con naturalidad de ese hecho, pero al mismo tiempo nunca profundizaba su narración. Yo sentía que no podía preguntar más. Era difícil imaginar a mi abuela como una mujer joven, con deseo de algo que no sea comida contraindicada por el doctor Mendoza. 

Madre tiró la carta a la basura y siguió limpiando la cocina. Estaba lavando unas compoteras que tenían restos arqueológicos de gelatina de distintos colores. Decidí continuar con la sala. Ya habíamos juntado los libros y tirado las plantas muertas. Sobre la mesa había naipes desparramados, al lado de varias cajas de fósforos, donde había otros mazos. Es la única persona que conozco con más de diez mazos de cartas. A mí sólo me dejaba usar el que estaba en una caja azul de fósforos La fragata. Una vez agarré una de Colección Navío por error. Esa fue la única vez que mi abuela me pegó. Me había amenazado muchas veces. Supongo que era inevitable, su palabra perdería valor si no lo hacía. Me gustaba jugar a la casita robada con mi abuela. Era imposible ganarle. Tardé años en entender por qué sólo podía usar el mazo de la caja azul de fósforos La fragata. 

Con la mesa despejada y la montaña de cajas cada vez más grande, me senté con la estantería de cachivaches decorativos que mi abuela coleccionaba. Los traía de las casas de las fiestas a las que la invitaban. Eran pequeños recuerdos de personas a las que ya no recordaba. Yo observaba con cariño a aquellos amigos de la infancia, mientras los envolvía en papel de diario. Había varios pastores en diferentes poses. Una niña con una canasta de flores, que había robado de la casa de su suegra. Una pareja bailando, de la casa de un jefe de mi abuelo. Un flautista, de lo de la vecina de su hermana. Un cisne, de lo de una prima segunda. Un nene cargando dos baldes de agua, del seminario episcopal. Una niña leyendo, que, extrañamente, había comprado. Y mi favorita, una joven con un vestido antiguo, con corset y cuello alto. No sabía bien de dónde la había sacado. Esa mujer tenía un secreto: era hueca. Se le podía sacar la cabeza y adentro tenía perfume de rosas. Olía horrible, pero era rico. A lo largo de los años me lo había ido tomando de a sorbos mientras madre y la abuela peleaban. 

—Dejame en paz, mamá —solía decir madre.

—Estoy cansada de que me hables así —a veces contestaba la abuela—. Te lo digo por tu bien, un varoncito te bendice la matriz.

—Pero estoy sola —podía contestar madre.

—Salí a la calle, alguien vas a encontrar. Yo te ayudo a cuidarlo, como a la otra. Los varones son más fáciles —era algo que diría mi abuela.

—¿Como los tuyos? —seguro pensaba madre.

—Sos grande, pero todavía tenés tiempo. La esposa de Juan Carlos tuvo a los cuarenta. Ella ya no quería, pero bueno…

Observé a madre. Era una mujer tan peculiar. Mientras terminaba de lavar los platos parecía tararear una canción que no conocía. Cada tanto se interrumpía para hacer algún sonido. Movía las manos y entornaba la cabeza como si estuviera escuchando atentamente a alguien. Quizás ella también estaba recordando. Me preguntaba si ella hubiera sido distinta si hubiera tenido otra madre. En realidad, me preguntaba si yo hubiera sido distinta. Quería a madre. No me molestaba mi abuela. Sólo me preguntaba si ella era la causa de todo.

—Está temblando. Prendé el hogar —dijo desde la cocina. 

Era un día caluroso, pero mi abuela siempre tenía frío. Los efectos secundarios de que la vida te vaya abandonando.

Aproveché que madre estaba lejos y no podía oírnos.

—¿Por qué sos así, abuela?

Buscaba en su cara anciana pedazos de vida, algún rastro que quedara de la persona que había sido. Sonrió. Me mostró los pocos dientes podridos que le quedaban. Tenía algo aniñado en su expresión, como cuando una criatura te mira con cariño porque la reconociste como una forma de vida independiente. Balanceaba la cabeza de un lado a otro, como si intentara captar una señal de radio para oírme.

—¿Siempre fuiste tan friolenta, abuela? —dije, porque me parecía menos cruel, a ver si me escuchaba.

—Ponela al lado del hogar, ahí no va a molestar —gritó madre, al ver la escena.

—Sí, mamá.

Hice caso, como siempre. Levanté a mi abuela y la senté en la mecedora cerca del fuego recién prendido. Era muy pesada, pero yo mantenía la esperanza inútil de que me ayudara a mover su peso. La tomé del brazo para acomodarla. Ahí tenía “marcas de tristezas”, como las llamaba madre. A mí me hubiera dado vergüenza ser tan mayor y tener el brazo de una adolescente. 

—De grande —dijo mi abuela de repente. Tenía la garganta seca y su voz se escuchaba como la de un espectro—, antes no tenía tanto frío.

—Tu hija siempre fue friolenta. El abuelo también ¿no? —contesté porque no sabía bien qué decir ante tal acontecimiento—. Quizás cuando eras chica hacía menos frío…

—Cuando era chica hacía más frío —dijo entrecortadamente. 

Los diminutos ojos de mi abuela comenzaron a humedecerse, las grietas que se encontraban en su párpado inferior parecían agradecidas de ser regadas después de una larga sequía.

—¿Qué te pasa abuela? —dije con genuino interés.

—Me acordé de mi mamá y mi papá —hizo una pausa extraña y se mojó los labios—. De cuando era chica. Cuando era chica hacía más frío.

La miré como instándola a seguir.

—Vivíamos en una casilla. Éramos muy pobres. No teníamos … usábamos.. eh…como se dice eso… es como… —era la mayor cantidad de palabras que había hilado en un año, su cerebro parecía resistirse a ese trabajo forzado.

—Estufa —sentencié, intentando salvarla de la vergüenza que sentía.

—Emm, no, bueno sí. No me acuerdo —dijo con algo de resignación. Movía la cabeza de un lado a otro con los ojos cerrados. Hacía un intento sobrehumano por atrapar el recuerdo que se le escapaba—. Cuando era chica hacía más frío. Siempre estaba alguno de mis hermanitos enfermos. Ellos ya se murieron. Quedé sólo yo.

Mi abuela volvió a ensimismarse. Balanceaba la cabeza de un lado a otro, parecía querer ver qué estaba haciendo madre. Cerró los ojos y se tomó las manos. Luego de un buen rato dijo:

—A mí me gustaría morirme como tu abuelo, durmiendo ¿Te acordás vos de tu abuelo? —no esperó mi confirmación—. Se fue hace tanto. Yo sigo acá. Algo bueno habré hecho para que el Señor me regale tanta vida —la miré preguntándome si realmente creía lo que estaba diciendo—. Vaya a saber qué me tiene preparado.

El deseo de morir era tan evidente que no sabía a quién quería engañar. No sabía cómo consolarla. Decir “Tranquila. Ya prontito te vas a morir, abu” me parecía brusco, incluso para mi abuela. Simplemente le tomé las manos. Ella tomó las mías y las acarició.

—Están calentitas. Las mías son frías —dijo suavemente. 

Un gesto de afecto.

—Brasero, esa era la palabra —dijo y cerró los ojos.

Candela Locarnini es una estudiante avanzada de la licenciatura y profesorado de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Se especializa en letras modernas: literatura argentina y latinoamericana. Es docente de Prácticas del lenguaje y Literatura en escuelas de José C. Paz, conurbano bonaerense.