7 de mayo de 2026
7 de mayo de 2026

¿Desde dónde partir para hablar de la poética de Irene Gruss? Aprovecho la polisemia: partir es iniciar y también es despedirse, no es solo —siguiendo ya sus pasos— un juego semántico, hay también un anclaje en lo objetivo: partir hacia un lugar es también partir de otro.
Cuando me encontré con sus poemas, dos eran mis casas: el psicoanálisis y la narrativa. Como en las escisiones amorosas, una oficial y otra amante, me movía infiel, algo incómoda y no sin un dejo de culpa, entre una y otra.
Entonces leí a Gruss, también infiel, e incómoda, y además incorrecta, indócil y todos los “in” que, como propone Lucía de Leone en “Irene Gruss, una poeta de la incorrección”, ponen en cuestión los interiores: si la inconformidad del mundo se cuela (como pasa en el poema “Mientras tanto”), en la cotidianidad de la casa, entonces, ¿cuándo es adentro y cuándo afuera?
Fue ese espacio mezcla, a la vez refugio e intemperie, entre el objetivismo y la lírica, entre la ficción y lo biográfico, entre lo singular y lo histórico, entre mis dos casas, el que me invitó a partir. Una poesía bisagra, como la llama Osvaldo Bossi en El poeta como clown, que parte y abre un resquicio por el que espío de qué se trata el poema: de una danza. Gruss, la poeta de la contradicción, no tiene un pie de cada lado, no hay sincronía, es un pie el que toca una orilla y luego el otro, produciendo el movimiento que nos llevará hasta el poema, o mejor, siguiendo a Denise Levertov, el movimiento que será el poema mismo.
Movimiento (La luz en la ventana, 1982)
Una mujer sola frente al mar
es más majestuosa que él.
Puede pasar una gaviota
augurando la muerte
o puede caer el sol humedeciendo
las lonas de las carpas
hasta apagarlas,
pero una mujer
frente al mar
mece su soledad como una dueña
y no se estremece.
La luz del mar tiene la importancia
y el movimiento de su ánimo, de su alma.
El viento suena alrededor
de la mujer
y la despierta:
ahora se trata de la playa sin luz, una mujer,
el sol caído, el sonido del mar,
carpas levantadas,
el viento que lo da vuelta
todo.
Encuentro, en este poema, dos claves de la ars poética (o anti ars poética) de Gruss: el poema como ficción y la búsqueda de la verdad. Una se sostiene en la otra: la verdad no es del orden de la realidad, guarda más relación con el acontecimiento que con la confesión, con lo que el poema hace que con lo que el autor dice o, desde el psicoanálisis, con lo que puede ser escuchado de la palabra sin poder ser dicho.
Gruss dice que Chéjov, su Cuaderno de notas, la ilumina. Ahí no hay un yo, ni autorreferencia, se trata de lo que ve. Me recuerda al texto “Punto de vista” de Lucía Berlin, relato en el que se pregunta qué habría pasado si Chéjov hubiera narrado en primera persona su cuento “Tristeza”: el lector se hubiese agobiado, aburrido. O, al estilo de Gruss, hubiese dicho: “¿y a mí qué me importa?”. Es la tercera persona, su distanciamiento y mediación, la que hace que la obra nos conmueva, que ponga en primer plano el contrapunto entre el yo lírico y el literal.
El poema funciona por puro contrapunto, tensión entre elementos. “Una mujer es más majestuosa que el mar”, el enunciado de este verso resuena desde el subjetivismo, pero su enunciación en tercera persona, desvía hacia el objetivismo. Aparecen los lugares comunes (“una gaviota/ augurando la muerte”), signos históricos que dan cuenta de la tradición, pero vistos por una mujer sola. Hay contrapunto también dentro de las propias imágenes (el sol humedece; se mece la soledad) y el subrayado del mecer da cuenta del vaivén entre orillas.
Hay un punto de encuentro: “La luz del mar tiene la importancia /y el movimiento de su ánimo, de su alma”. Es la impronta singular de Gruss dentro del objetivismo: las cosas importan por cómo son sentidas.
Pero en la estrofa final ese encuentro es más bien un choque: el viento despierta a la mujer, un acontecimiento, algo que rasga la escena, “el viento que lo da vuelta/todo”.
En el texto de Berlin que mencioné antes, la autora comienza a describir el personaje de la historia que está escribiendo (¿en otro lado?), como si nos contara algo de la creación tras bambalinas (otra vez los interiores puestos en cuestión). Así nos distrae, lectores ávidos de terceridad, hasta que en cierto punto un ruido rompe la escena (¿la de Berlin?, ¿la de su personaje?), en el mismo momento en que una primera persona trastoca el texto y ya no sabemos quién habla.
Para explicar el fenómeno del surgimiento de la transferencia, Freud usa una analogía: vemos una obra de teatro, las miradas en la representación, nosotros en la sombra, hasta que de pronto, un acontecimiento, un real que irrumpe: alguien del público grita “fuego”, se rasga la ficción, se abre otra dimensión.
En el final del poema es el viento el que despierta a la mujer, es el viento el que me despierta, aviva el fuego y atravieso corriendo y en llamas, las casas de las que partí.
La imagen de portada es una foto de Michał Mancewicz en Unsplash adaptada a nuestros estilos.

Escritora y psicoanalista. Publicó Frenéticas (Editorial Conejos, 2021), seleccionada por la Provincia de Buenos Aires para integrar la colección Identidades Bonaerenses (2023). Participó de la antología Contra cielo plomizo, Concurso Haroldo Conti 2020 (Ediciones Bonaerenses, 2021). Fue destacada en el Premio Estímulo Todos los tiempos el tiempo por la categoría Narrativa Breve (2024).

