Por D’Andrea, Mastronardi Diez

19 de agosto de 2026

19 de agosto de 2026

Entrevista realizada por Agustina D’Andrea y Delfina Mastronardi Diez

Horacio Zabaljáuregui nació en América, Provincia de Buenos Aires, en 1955. Es poeta, editor y docente. Estudió la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Fue miembro del consejo de redacción de la revista y editorial de poesía Último Reino y de Extra Revista de Poesía. Publicó Fragmentos Órficos (1981), Fondo blanco (1989), La última estación del mundo (2001), Querella (2006), América (2014) y Yo era un cuadro (2022). Es editor de la colección de poesía de Fondo de Cultura Económica y ha dictado clases en la Licenciatura en Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. 

Vamos a comenzar por tus inicios. ¿Qué leías de chico? 

Fui un lector muy precoz, de chico leía la colección Robin Hood de clásicos de la literatura juvenil y de ahí pasé directamente a la literatura universal; en ese entonces no había tantos peldaños como ahora hasta llegar a la literatura universal. Empecé a leer lo que editaba el Centro Editor de América Latina, una editorial argentina fundada en 1966 por Boris Spivacow, en la que trabajaba gran parte de la intelectualidad de la época. Boris había sacado la Colección Capítulo que se vendía por fascículos en los puestos de diarios. Cada número tenía un análisis monográfico de algún crítico de renombre como Beatriz Sarlo, Noé Jitrik o Jaime Rest, y obras literarias. En esta colección leí cuentos de Borges, de Cortázar, novelas también, y eso te abría puertas a descubrir otras cosas, como el boom latinoamericano, del que ya se hablaba. Descubrí la poesía de André Breton, El barco ebrio de Rimbaud, entre otros poetas, y por el lado argentino, por ejemplo, a Juan Gelman, a quien después conocí.

¿Cuándo empezaste a escribir?

Empecé a escribir narrativa cuando era adolescente, apenas pasados los doce escribí una historia de aventura. Poesía también, pero ya más avanzada mi adolescencia. Milité durante unos años, desde que estaba en quinto año de la secundaria en 1972 hasta 1976, y empalmé ese último tramo con el taller “El sonido y la furia” que coordinaba Mario Morales, del que salieron los poemas que luego publiqué en Último Reino. La escritura fue en ese momento un modo de atravesar distintas situaciones de mi vida personal y de pasar, de una manera saludable, las atrocidades de la dictadura. Siempre hubo reuniones en torno a la poesía, lecturas, música de por medio, esas instancias grupales de intercambio, que son enriquecedoras. 

¿Cómo decidiste estudiar Letras? ¿Fue a partir de la lectura o de la escritura? ¿Cuál fue tu experiencia en la carrera?

Creo que fue a partir de ambas, de la lectura y la escritura. Uno tenía una especie de mandato de la universidad, sobre todo trabajando en los setenta. Primero pensé estudiar Filosofía. Ya escribía poesía, en ese entonces, y a veces pienso que si hubiera estudiado Filosofía, me hubiese sido más suscitador para la escritura de poesía, que algunas materias que he cursado de Letras. 

Entré a la carrera en 1973, a los dieciocho años, en lo que hoy es la plaza del Clínicas [Plaza Houssay]. Apenas empecé, como no había correlatividades, cursé Literatura Iberoamericana. Josefina Ludmer, Noé Jitrik y Jorge Ruffinelli eran la delantera de la cátedra, y su programa tenía mucho del grupo Tel Quel, un estructuralismo de última generación con conceptos que eran muy nuevos para nosotros, incluso para alumnos que estaban por recibirse. Ese verano, la China (Ludmer) preparó un curso de apoyo para los alumnos que se llamaba “Aportes metodológicos para el trabajo crítico”. Ahí leí por primera vez El Anti Edipo de Deleuze y Guattari, un marxismo que hablaba del cuerpo sin órganos, la deriva, El concepto del modelo de Badiou, “La productividad llamada texto” de Kristeva, toda una serie de textos muy recientes traducidos por la China, que era una cabeza brillante. 

Además de estudiar en la facultad, escribía un poco y militaba mucho; empecé esa militancia en 1972. Era muy demandante, ocupaba mucho, me levantaba quizás a las seis de la mañana para ir a volantear o a piquetear. La clave era congeniar la militancia, la escritura y el estudio. A los veinte años, en los setenta, el contexto llevaba a eso, era una época muy álgida porque en poco tiempo pasaron un montón de cosas. En septiembre del 73 fue el golpe de Estado en Chile. Todo era muy vertiginoso. En la memoria, los textos que leía y todo lo que ocurría forman una especie de alquimia extraña, casi ficcional. Yo era trotskista. Como era lector, había leído bastante sobre el marxismo antes de entrar a la carrera, y empecé a militar en el trotskismo después de leer los escritos de Trotsky sobre arte y literatura. Me anoté en Letras con todo ese bagaje. Me entusiasmaban las ideas de Trotsky que sostenía en su polémica con los formalistas rusos, eso de que los obreros debían leer a Goethe, a Dante Alighieri, que las búsquedas vanguardistas no debían desechar el bagaje de los clásicos en la formación de la clase obrera; todo eso me llevó a elegir el trotskismo. La militancia era el fragor de una época de la que trato de dar cuenta en mi último poemario, Yo era un cuadro.

¿Qué autores argentinos que hayan escrito sobre militancia te gustan o admirás? 

Juan Gelman para mí es el gran exponente de la poesía militante. Me gusta mucho también Juana Bignozzi, su poesía da cuenta de una militancia pero rompe con la idea del militante “termo”, digamos, hace de eso una ética y sobre todo lo hace estilo, lo vierte en poesía. Esto demuestra su compromiso con su tierra, con la poesía, con el oficio de escribir, con el lenguaje, con el mito del exilio, también con el arte. Su libro Los poetas visitan a Andrea del Sarto tiene que ver con esto. La conocí pero no tuvimos tanta relación, la frecuentaba cuando escribía Querella; ella tuvo un vínculo con poetas más jóvenes que yo, como Martín Rodríguez y Mercedes Halfon, que son sus legatarios. Martín es mi amigo, me parece uno de los grandes poetas jóvenes y dedica su último poemario a su madre, que fue una gran militante. Después, también hay algo de poesía militante en Estación Finlandia, de Jorge Aulicino, pero esa militancia es tangencial porque si bien juega con conceptos del marxismo y tiene guiños a la historia, no es tan directa como en los poemas de Gelman. Tanto Jorge Aulicino como Juana Bignozzi hacen de la militancia un proyecto más estético.

¿Qué te inspira a escribir? ¿De dónde sale, para vos, la poesía?

Para mí la poesía tiene que ver con la memoria. Hay algo de una memoria personal, en relación con América, el pueblo donde nací, los veranos de mi infancia ahí, y también una memoria más colectiva, con la historia argentina, el escenario de una época que transité, un período común para todos. Sin embargo, se trata básicamente de cómo yo me veo ahí, porque la memoria es un territorio fascinante con sus leyes propias, es como el glaciar Perito Moreno, se rompe en partes, se recrea, los recuerdos tienen una lógica. Se escribe desde el recuerdo del recuerdo, quiero decir que esos recuerdos van mutando un poco y, de alguna manera, la poesía es el modo de enhebrarlos, perseguirlos, retenerlos. Se intenta retener un período, darle un cierre, pero no deja de ser uno mismo recordando, la voz propia revelando esos recuerdos. Es un constante preguntarse si el hecho realmente pasó como lo recuerdo, o si mi experiencia personal está influenciándolo.

Hay, de hecho, en una de las secciones de Yo era un cuadro, una serie de poemas-postales que retienen imágenes y momentos particulares del Clínicas, ¿puede la poesía capturar un lugar y un período histórico?

Esas postales del Clínicas no dejan de ser recuerdos, y volvemos al tema de la memoria. Una de las cosas que veo a la distancia es la locura que fue esa época, absolutamente delirante. Cuando uno lo recuerda y lo pone por escrito, le parece como un poco disparatado, casi ficcional, y sin embargo pasó. Una de las cosas que me costó es esto de recortar mi memoria de episodios que son historia. Siempre digo que el poeta es un gran vampiro, se apropia de lo real, lo vampiriza, es decir, lo vuelve suyo. Sin embargo, intenté que excediera la experiencia personal, mostrar eso que sucedió realmente más allá de lo que uno vivió. ¿Qué vivió todo el resto de la gente que estaba ahí? Como la memoria selecciona y por ende distorsiona, para diferenciar lo que se vivió realmente de cómo yo lo recuerdo, estuve investigando en documentos históricos para hacer ese contraste. Por ejemplo, lo que oí de una asamblea de Montoneros, luego lo busqué en internet y encontré material de un tipo que estuvo ahí, que es una especie de paper, como otra fuente que avalara eso que yo había escuchado. Por eso, si bien la visión propia es el foco y la clave de estas postales, hay en esos relatos una fusión entre el recuerdo y lo real, que de alguna manera se nutren.

¿Qué es para vos la poesía? ¿Dónde se encuentra? ¿Es la pura forma? ¿Es el contenido a través de la forma? ¿Hay para vos relación entre la poesía y la música? 

Creo que en la poesía el sentido (el contenido) está, de alguna manera, en la forma. Se retroalimentan, la forma es el sentido y el sentido es la forma. Trato en mis últimos libros, desde hace ya unos años, de trabajar con ciertos recursos que tienen que ver con la musicalidad, la aliteración, que es esa repetición de sonidos dentro del poema, es decir, me interesa particularmente todo lo que tenga que ver con esa sonoridad, lo rítmico del lenguaje. Sin embargo, la poesía va más allá de la pura forma. Vos leés a William Faulkner o un fragmento de Las olas de Virginia Woolf y es poesía, en otro registro, en otra frecuencia, pero el lirismo está ahí; es esa forma lírica con que se encaran las cosas la que los vuelve poéticos. 

La poesía está muy presente en la música también, y lo musical en lo poético; comparten muchos recursos. Creo que hoy en día la poesía tiene una circulación bastante extendida, masiva, no es elitista en el sentido de que se vuelca sobre el lenguaje cotidiano y está presente en el freestyle, en el rap, en lo rítmico de esa música que se empalma con esta especie de payada moderna. Hay una sonoridad muy fuerte, la rima, la acentuación, toda una serie de recursos rítmicos que se recuperan.

Por otro lado, en Yo era un cuadro hay muchas referencias al rock nacional de los setenta, toda esa música que se escuchaba en esa época se infiltra, de algún modo, en el poemario. También toco la guitarra, soy un modestísimo amateur, pero es lo que más me divierte, es como jugar. He compuesto algunas cosas, hice un taller de composición con Juan Pablo Fernández que es músico y poeta, y me gustaría dedicarle más tiempo a la música porque el lenguaje a veces hace demasiado ruido, habla mucho, en cambio la música tiene algo de lo inefable, lo que el lenguaje no alcanza a decir. En la música uno puede decir poco y llegar mucho, sin tener la mochila del sentido a cuestas, no se trata tanto de qué decir, de qué palabras usar. Por eso, como decía, intento llevar recursos de lo musical al poema.

Al momento de escribir, ¿lo hacés a partir de un tema en particular en vistas a un posible poemario, trabajándolo como proyecto, o todo sale de la inspiración del momento y luego se reúnen los poemas?

La estructura del libro se va armando poco a poco, nunca es simplemente juntar poemas al azar. En el armado de un poemario, siempre se piensa en una unidad, a veces surge durante la misma escritura, otras, una vez que ya se tiene un conjunto de poemas que tengan una relación entre sí. Cuando le ponés las dos tapas como un sándwich, hay que ver qué pasa entre esos poemas, cómo se va armando esa unidad que el libro va cobrando. A veces te hace entender que hay poemas que tenés que dejar afuera aunque te gusten, porque en ese libro no van. Siempre hay un hilo conductor, o una relación entre las distintas secciones. Los poemas tienen ahí un orden y un sentido, se piensa cuál tiene que abrir el libro, cuál cerrarlo. Si el orden pensado se cambia, los poemas cobran un sentido diferente, por eso al momento de pensar un poemario hay que encontrar ese orden, leerlo de una manera secreta.

¿Cómo fue tu experiencia con Último Reino?

El grupo surge en 1975 como taller coordinado por el querido y entrañable poeta Mario Morales. Formábamos parte del grupo Víctor Redondo, Mónica Tracey, Susana Villalba, Guillermo Roig, Roberto Scrugli, y Jorge Zunino y María Julia de Ruschi, que venían de un grupo anterior que se nucleaban en torno a la revista Nosferatu. María Julia hizo una estupenda antología con un prólogo meticuloso sobre ambas experiencias. Se llama La luz de lo imposible.

Último Reino comenzó siendo una revista dirigida por Víctor Redondo en 1979, a la que se le sumó una editorial especializada en poesía durante los ochenta y los noventa. Víctor había vuelto de Barcelona con la idea de hacer una revista y una editorial. Era muy emprendedor, la armó y casi a fines del 1979 salió el primer número. Publiqué con Último Reino mis primeros dos poemarios. Fue la casa de esta poesía de mi juventud. Fragmentos órficos, que había recibido una mención en el concurso Coca-Cola en las Artes y las Ciencias en 1980, fue uno de los primeros libros de la editorial, publicado en 1981. Es un libro que tengo que recuperar ahora, un poco más de cuarenta años después de haber sido escrito. 

¿Y cómo se recupera un libro después de tantos años, teniendo en cuenta que la estética de la escritura cambia a lo largo de la vida del escritor?

Fragmentos órficos está muy empapado de toda una estética romántica, aborda temas como la noche, la eternidad. Es un libro que, en cierto modo, es un imitador de todo lo que leía en ese momento. Tiene que ver con la reinterpretación que hace Maurice Blanchot del mito de Orfeo, La mirada de Orfeo, y también con un cierto momento estético, hay mucha influencia de Rilke, muy presente en mis lecturas de esa época. Además, lo escribí entre el 77 y el 79, en un momento muy sensible de mi vida, bastante agitado, en el que sucedieron un montón de cosas que marcaron mi poesía. Tenía veintidós años y falleció mi madre, fue una época muy dura, y ese momento de alguna manera inundó el poemario de esa estética; la poesía fue una forma de canalizar todo eso. Me resulta muy lejano porque no sólo corresponde a una estética particular de mi juventud, también hay algunos elementos o temas que, por momentos, quitaría de la obra, y por otro lado pienso que todo eso tuvo que ver con un momento de una intensidad en la escritura y en la vida. Retomar un proyecto así, finalizado y ya publicado, tantos años después es complejo; tengo que analizarlo, ver qué hago con eso.

Sos editor de la colección de poesía en Fondo de Cultura Económica, ¿cómo llegaste a la editorial? 

Trabajé en el Fondo en el área comercial, después comencé a trabajar también como editor. Por ejemplo, edité y escribí el prólogo de la antología Relámpagos de lo invisible, de Olga Orozco. También participé en la edición de antologías de Hugo Padeletti, Edgar Bayley, Roberto Raschella y Mario Morales. En ese momento, se trataba siempre de autores canónicos, de grandes nombres. En 2020 me jubilé y Gastón Levin, actual director de la editorial en Argentina, me propuso continuar la colección incluyendo a poetas contemporáneos. Primero salió la Poesía completa de Joaquín Giannuzzi, que también es un canónico. Y luego salieron La invención del equilibro y Abrir el mundo desde el ojo del poema, de Alicia Genovese, La curva del tiempo, de Diana Bellessi, y está por salir Flor de lis, de Sandro Barrella.

¿Tuviste relación con otros escritores que te hayan marcado?

Conocí a Rodolfo Fogwill: ambos participamos en ese concurso de Coca-Cola en las Artes y las Ciencias de 1980, fuimos compañeros. Él había ganado el premio económico y la publicación de su cuento en Editorial Sudamericana. Ya me referí a mis compañeros de Ultimo Reino. Después, hubo una segunda etapa de mi poesía, desde apenas entrados los 2000, en la que tuve relación con Mirta Rosenberg, una gran amiga, poeta y fundadora de la editorial Bajo la Luna, con la que publiqué cuatro libros de poesía. Fue también una casa para mi poesía, la de la adultez. Tuve relación también con su hijo, Miguel Balaguer, que pasó a dirigir la editorial cuando se mudó a Buenos Aires. Iba los lunes a las tertulias que organizaba Mirta en su casa. Era un amplio espectro, iban poetas muy jóvenes como Ezequiel Zaidenwerg, Alejandro Crotto y Silvina López Medin, medianos como Anahí Mallol, y veteranos como Daniel Samoilovich, María Moreno, Liliana García Carril, Mirta y yo. A veces venían también Andi Nachon, Miguel Petrecca y Marcelo Cohen, que fue un amigo muy querido. Esta experiencia fue una movida de grandes, para mí. Años más tarde, la cátedra de Poesía II en la UNA, que comenzó estando a cargo de Mirta, nos volvió a reunir. Siempre digo que este es un oficio solitario, por eso es tan importante la posibilidad de tener referentes, gente de confianza con la que se pueda hacer una mutua crítica, es auspicioso para uno recibirla y poder darla también.

En términos sociales, ¿creés que la recepción de la poesía cambió a lo largo del tiempo? ¿Se hizo más amplia, más limitada, o es siempre la misma? ¿Las redes sociales posibilitan que llegue a más gente? 

Sí, la poesía sigue estando absolutamente viva. No tiene una recepción tan amplia como la que tiene la narrativa, pero eso ha sido histórico. Sin embargo, la poesía tiene una circulación extendida en el sentido de que, como decía, está difundida en otros registros más allá de lo que vemos impreso en un poemario como tal. En la música están esos recursos rítmicos que se han recuperado desde la disciplina literaria, y en otros registros como la prosa también pueden encontrarse descripciones líricas o recursos propios de lo poético. En fin, poetas sigue habiendo, creo que va a seguir habiendo. Además, se siguen haciendo reuniones de lectura de poesía en librerías, eventos con micrófono abierto, hay muchos poetas jóvenes. Hay circulación y edición de poesía, poetas que leen a poetas. Siempre ha sido un entorno más reducido, comparado con la ficción, con los autores de ficción que leen, que venden mucho más, incluso con tiradas enormes. Esto tiene que ver con prácticas de lectura, con la circulación de contenidos, con la edición, entre otras cosas. En general, como dice el verso de Guillermo Boido, “la poesía no se vende porque la poesía no se vende”. Sigue siendo consecuente consigo misma, quiero decir, con este registro de ubicarse sobre el lenguaje, torcerlo, forzarlo. Algo que les digo a mis alumnos es que la poesía está para hacer la revolución, no para aprobar el parcial. 

¿Hasta qué punto la traducción, si hablamos de poesía, puede dar cuenta de todos los sentidos que tiene una lengua en otra? 

La traducción tiene sus puntos ciegos, sus limitaciones, nunca se van a llegar a cubrir todos los sentidos de una lengua en otra. El trabajo del traductor y el del escritor están en una especie de loop, en el que uno sabe dónde termina uno y dónde empieza el otro. Traducir es otra forma de escribir, quizás. No es sólo copiar los recursos, sino que lo lleva a uno a reflexionar sobre la distancia de la propia lengua respecto de otra. El inglés, por ejemplo, tiene otra estructura, otra respiración, otro ritmo, es una lengua más económica. Esto hace también que uno reflexione, desde la lengua de llegada o de recepción, cómo el castellano resuelve determinadas cosas que en otra lengua se resuelven de diferente manera, cómo se abarcan los sentidos en una y otra lengua, cómo se construyen las estructuras sintácticas, morfológicas. El inglés es una lengua mucho más fluida, más rítmica, menos pausada que el español, entonces, traducir del español al inglés es difícil a veces, en poesía sobre todo. Por otro lado, el español tiene toda una estructura de sufijos y prefijos muy rigurosa. Resultaría imposible traducir, por ejemplo, los neologismos de Girondo a otra lengua, de modo tal que conserven todos sus sentidos, sería también insuficiente una traducción de Vallejo, no alcanzaría a abarcar todo lo que pone en juego en el lenguaje. En fin, todo proceso de traducción tiene limitantes, porque cada lengua tiene sus propios modos de nombrar el mundo.

Si tuvieras que recomendarle autores a alguien que quiere empezar a leer poesía, como un primer acercamiento a este género, ¿cuáles serían? ¿Qué consejo le darías a la nueva generación de escritores?

Mi consejo es que lean, sin ningún tipo de mandato, leer por placer. A mis alumnos siempre les digo que poesía hay para todos los gustos, y no se puede escribir sin antes leer, nutrirse de eso.

Recomendaría que empiecen por La Divina Comedia, para mí es el número uno, meterse ahí y con todo el trabajo que conlleva, ver cómo Dante Alighieri resuelve lo que se llama la tercera rima o rima encadenada. Eso como punto de partida, para asomarse a la poesía. Pienso que es el más grande poeta de Occidente. Seguiría con la rueda de oro: Hamlet, Macbeth, El rey Lear, de Shakespeare, primero leer toda la obra en español, después, en lo posible, asomarse a determinadas partes y leerlas en inglés, para ver cómo resuena en la lengua original. Se puede continuar con Eliot, haciendo este mismo detenimiento. Después, el triángulo de la modernidad: Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire; de este último no sólo los Pequeños poemas en prosa, sino también Las flores del mal. Recomendaría que lean poesía sajona, creo que hay que perderle el miedo, también poesía española del Siglo de Oro. Es asomarse, probar, ver si algo resuena. Para empezar con poetas latinoamericanos, recomendaría leer a Vallejo, al Neruda de Residencia de la Tierra, el Huidobro de Altazor, a Lihn, Rojas y Parra y de Argentina en particular, a Borges, Girondo, Pizarnik, Juan Gelman, Olga Orozco, Juarroz, Padeletti, Giannuzzi, Juana Bignozzi, Mirta Rosenberg, Diana Bellessi, Irene Gruss, Francisco “Coco” Madariaga, Juan L. Ortiz, Edgar Bayley y hay muchos más que se me escapan ahora. “Es infinita esa riqueza abandonada”, como dice el conocido verso de Edgar.

Nacida en Buenos Aires. Es estudiante de Letras en la UBA, apasionada lectora y poeta. Algunos de sus poemas integran las revistas Por el Camino de Puan y Nota al margen, las antologías Diana y Juanele de Ed. Camalote y Monte, y Cautivos del deseo de Ed. Converso. También ha publicado reseñas en Por el camino de Puan Web. Participa activamente en ciclos de lectura de poesía y dicta talleres de escritura.

Agustina D’Andrea tiene 42 años, nació en el conurbano bonaerense y es lingüista, escritora, docente, investigadora y música. Ha publicado un libro de poesía, Si acaso diere con la frase exacta (2024), y varios poemas y relatos en esta revista. También ha participado en la antología poética Pura luz contra la noche (2005), junto a otrxs escritorxs, entre lxs que se destaca Aurora Venturini.