12 de marzo de 2026

12 de marzo de 2026

Es el año 2012 y en el aula hay unas doscientas personas. Estamos en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la clase teórica de una materia que es la puerta de entrada a la carrera de Letras. La profesora está en la tarima, con micrófono en mano y se dispone a leer. Duda y antes nos advierte: les voy a leer algo fuerte. 

Escuchamos un relato terrible, escatológico y brutal, donde un niño es violado por otros. La lectura avanza sin pausas, aunque algunas personas se levantan y se van, especialmente cuando la narración describe lujosamente el momento de la penetración, de la primera. Una chica se desmaya y casi nos cuesta reaccionar para ir en su socorro. En el cuento, una lengua cuelga, la docente calla y todo es silencio.

Yo tenía diecinueve años y ninguna idea de que lo que acababa de escuchar era “El niño proletario”, del escritor argentino Osvaldo Lamborghini. Como yo, muchos también lo ignoraban, pero supieron disimular mejor, pues, desde ese momento, la cursada se dividió entre a los que la lectura les pareció asquerosa e innecesaria y un manifiesto absoluto de genialidad. Hay admiración o asco, pero nada de indiferencia.

Apenas abro Osvaldo Lamborghini, una biografía (2025), Ricardo Strafacce se pregunta “¿cómo será una persona que escribe así?”. En 2012, cuatro años después de la primera edición de este libro y mucho tiempo antes de que la editorial Blatt y Ríos lo devolviera a la vida librera, todos los estudiantes que escuchamos ese cuento, estoy segura, nos hicimos la misma pregunta. 

La edición cuenta con 873 páginas y se divide en cuatro zonas temporales: “Fotos” (1940-1968), “Marcas” (1968-1976), “Cartas” (1976-1981) y “Novelas y versos” (1981-1985). La organización del texto y el trabajo de lectura que conlleva podrían evidenciar lo que cuesta contar una vida. Sin embargo, lo que hace Ricardo Strafacce no es solo eso, sino que en las escenas vitales de Osvaldo Lamborghini cifra los nudos de la historia nacional y, especialmente, las cumbres, las mesetas y las depresiones de la literatura argentina.

La escritura es abrumadora y, para vislumbrar la causa, alcanza con observar el listado de fuentes: para escribir esta biografía, el autor revisó doce archivos, leyó ciento ochenta y ocho cartas y recabó noventa y dos testimonios. Los números pueden ser  elocuentes, pero seguro siguen siendo mezquinos; es necesario imaginar los tiempos de viaje hacia esos archivos, las horas al teléfono con un sobrino o una prima segunda, la vista quemada ante las cartas con letra imposible, la tarea detectivesca de encontrar una factura de una lapicera con la que Lamborghini, tal vez, escribió su última obra.

Como ejercicio de lectura, antes de comenzar, pensé en lo que sabía de Osvaldo Lamborghini: fue considerado un escritor vanguardista, era hermano del poeta Leónidas Lamborghini, la crítica creó genealogías literarias alrededor de su figura, era homosexual, fue un integrante fundador de la revista Literal. No es mucho, pero todas son afirmaciones. La biografía, si bien traza una línea tradicional que inicia con la infancia del escritor y finaliza en su muerte, deja en claro que nada puede afirmarse del todo, a partir de un procedimiento que se replica a lo largo de toda la obra y que no solo es fascinante, sino que hace del trabajo de archivo un dispositivo narrativo: luego de alguna carta, nota, o entrevista de alguien cercano a Lamborghini, supongamos que el escritor Germán García o su esposa Pierangela Taraborelli, Strafacce señala un equívoco o un olvido y contrasta ese primer archivo con otro, probablemente una carta o entrevista del mismo Lamborghini o, incluso, una reseña en una revista o un dato de facturación de alguna editorial. Así, pareciera que la lectura no avanza sino en la consagración de una idea: sobre la vida de los otros se puede saber solo lo que se ha dicho de ella. Se persigue el rastro de la palabra. 

A ese primer ejercicio, sumo un segundo, que consiste en listar los datos (supuestos) que de inmediato me vienen a la memoria luego de haber leído la biografía: Osvaldo y Leónidas sentados en Necochea, a la hora de la siesta, hablando sobre libros; Lamborghini haciéndose amigo de Germán García y de Luis Gusmán; Lamborghini tirando por la ventana de un octavo piso a la gata de Paula Wajsman; Lamborghini criticando el vino servido por Arturo Carrera; El Fiord, en su versión manuscrita, siendo leído en los grupos de estudio de Oscar Masotta; Lamborghini rociando con insecticida a un perro; muchos amigos y muchas casas cobijando a un hombre que parecía no haber nacido para trabajar; Lamborghini fascinando a un joven César Aira recién llegado a Buenos Aires; Héctor Libertella convencido de que Osvaldo lo había plagiado; un affaire con Josefina Ludmer; una muerte solitaria y silenciosa en un casa de Barcelona. 

Dos cosas saltan a la vista: recuerdo (la conjetura de) hechos de crueldad y aquellos que señalan lo indivisible entre la vida del escritor y el de la vida literaria de nuestro país. Los comienzos de su carrera como escritor son también la historia de la década del sesenta en la que, entre otras cosas, aparecen los primeros textos de Manuel Puig, se publica Nanina de Germán García, estalla el boom latioamericano y el padrinazgo francés de Julio Cortázar es un pasaje hacia el éxito literario. La infancia es una historización del primer peronismo; la adultez y su breve participación en política son un manifiesto de la caída de la democracia; su muerte, en una casa en España de la que no salía nunca, aparece como un resabio de la última dictadura. 

Quien quiera saber sobre historia y literatura argentina, sin dudas, encontrará en este libro sus expectativas colmadas. No quiero decir nada más sobre eso, pues de nada vale repetir lo que ha sido mejor escrito. Lo que sí quisiera es detenerme en la figura vital que se formó en mi memoria: el escritor mató a una gata y a un perro. Se alejó de su esposa y de su hija porque pasaba gran parte de sus días borracho. Se mudó a un hotel porque no podía cocinar ni limpiar. Muchos de sus amigos lo alojaron en su casa, le ofrecieron comida y pagaron sus gastos. En muchas de esas casas se quedó por años e incluso llevó a vivir a nuevas parejas. La gata y el perro eran de dos de sus anfitriones. 

Entre todo eso, se cuenta que a César Aira le bastó leer El Fiord para quedarse prendado de por vida; que Germán García y Luis Gusmán estaban seguros de que con él podrían ser una guerrilla literaria. Tamara Kamenszain y Héctor Libertella solo lo escucharon una vez para ser sus amigos por siempre; Josefina Ludmer empezó a considerar el género gauchesco como un interés crítico luego de una charla con él. Entonces, a pesar de (o por eso mismo) las narraciones sobre la crueldad, el descontrol y la desidia, la lectura de esta biografía queda envuelta en la sospecha y en la pregunta sobre la genialidad y el encanto de Osvaldo Lamborghini. ¿Cómo tantos y tantas pudieron amarlo, admirarlo, idolatrarlo? ¿Ese deslumbramiento que producía era otro de sus excesos? Con inteligencia, la biografía que propone Strafacce no juzga, sino que hace girar el prejuicio como un espejo móvil, que me refleja lagrimeando ante las palabras de César Aira, que despide a su amigo: “Pensándolo desapasionadamente, la amistad con Osvaldo nos dio más sobresaltos y tristezas que otra cosa. Pero nunca lo pensamos así porque era la pasión lo que nos mantenía unidos a él y sabía renovarla con tanto arte que no concebíamos otra pasión que valiera más la pena”.

La imagen de portada es una obra del propio Lamborghini y formó parte de la muestra «Osvaldo Lamborghini, copista material», curada por Paola Cortés Rocca y Agustina Pérez en el CCK. Más información, aquí

Silvana Abal es licenciada y profesora en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Actualmente, está cursando sus estudios de doctorado, orientados al análisis de narrativas bolivianas contemporáneas desde una perspectiva feminista. Se desempeña como docente en el nivel secundario y en la Universidad Nacional de General Sarmiento. Es una de las editoras de la revista Por el Camino de Puan.