3 de septiembre de 2026

3 de septiembre de 2026

Podemos abrirnos a todos los ideales de poesía, pero se decanta en nosotros el que coincide con nuestra personalidad y se procesa con nuestra biografía. Percepciones poéticas y lenguaje acaso sean anteriores a nuestro primer y ya lejano poema.
José Watanabe, Elogio del refrenamiento 

Imaginemos la vida del escritor como si hubiera sido inventada. ¿Puede existir un poeta peruano de alcance internacional nacido en una familia de trabajadores de la zafra de la caña de azúcar?, se pregunta un día una narradora, un sociólogo, un X limeño/a durante la década del cuarenta. ¿Qué coordenadas tendría esa vida? 

Que nazca en Laredo en el 45, decide X. 

Que tenga una madre arraigada al lugar, de origen indio andino. Que tenga un padre artista. X imagina a ese padre limeño: un joven pituco que deja la universidad para trabajar en la zafra de caña de azúcar. Le resulta inverosímil. 

Que sea japonés, se dice entonces. Que llegue a Perú en 1916. De joven estudia Artes en Okayama. Luego, junto con otros cientos de compatriotas, se embarca con destino a los latifundios azucareros de la costa; ¿para reunir dinero?, ¿para pagar una deuda de la familia? No importa, piensa X, cierra. 

Enseguida el verosímil realista vuelve a reclamar: los inmigrantes japoneses mandan venir a sus esposas de Japón. Las fotos de hombres y mujeres cruzan el océano, los matrimonios se conciertan a la distancia. ¿Todos? Si algo puede burlar la estadística, piensa X, es el amor. Así que el japonés se casa con la mujer andina. Tienen hijos. El futuro poeta es mestizo y crece en Laredo. Vaga por las sierras, cruza arroyos, se encuentra con un vendedor de hielo. Estudia en la escuela rural, a la que llega caminando junto a su maestra, la señorita Ester. En Laredo no hay escuelas secundarias. X piensa en mudarlo. ¿Y si se queda, habrá poeta?, se pregunta. Decide bifurcar la infancia en dos historias. 

Empieza por una. Le pone un nombre: José Watanabe. 

Cuando José tiene once años, su padre gana el premio mayor de la lotería. Se mudan a Trujillo. El adolescente estudia en la secundaria de la ciudad. Después se muda a Lima, entra en la universidad. Duda entre ciencias y literatura. Se decide por la literatura. Sus compañeros y compañeras limeños no han ido a Laredo. Son urbanos, de clases medias y alta que salen de la ciudad de vacaciones a las sierras o el mar. 

Una tarde, Watanabe les cuenta una anécdota de Laredo. Dos hombres y una mujer lo escuchan arrobados. 

El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil

            Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.

—Mira si un vendedor de hielo va a dejar la barra al sol —lo interrumpe la mujer. 

—Es que se le había roto la rueda del carrito —responde José. 

José recuerda la escena con bastante claridad. Recuerda cómo sostenía una gorra para interceptar los rayos. Recuerda su desesperación al ver que el hielo, de todos modos, se iba derritiendo. Una escena improbable: que un vendedor de hielo abandone la barra de hielo al sol. El vendedor encarga una tarea: evitar que se derrita el hielo. Lo pide con sinceridad, casi como un rezo. La inexperiencia del niño lo lleva a intentar algo imposible sin saber que es imposible. 

Canción
La señorita Esther H.
en el camino solitario, excepto
algún zorro, me pidió que no la mirara, que
me volteara
porque iba a rociar el mundo. Yo escuché entonces
a mis espaldas
ese sonido sibilante de sus aguas entre las piedras. 

Pichi de mujer
no es pichi de hombre, supe. Pichi de mujer
se expande y se hace atmósfera, marejada
concupiscente
que ese día envolvió también al caballo, al buey que labraba
a mi perro colero
y a cuanto macho que respiraba a la redonda.

La señorita Esther H era mi maestra rural.
Ella dilató por primera vez la nariz
de mi corazón.

Una arbitrariedad de niño
sospechó su reconditez como fruta de rápido zumo.
Unas veces naranja, otras ciruela de Chile.
En la escuela rural sabíamos poco
pero sospechábamos mucho.

¿Qué Laredo conocen lxs lectorxs de “El guardián del hielo”, “Canción”, “La piedra alada”? El que plasman los versos de Watanabe se ha nutrido con las claves de la poesía escrita que el poeta aprendió en la secundaria de Trujillo y en la universidad de Lima. ¿Qué hubiera escrito o quizás cantado el hijo del artista japonés y la mujer peruana si hubiera seguido trabajando en la zafra, como su abuelo materno?, ¿huaynos, valses, rock and roll? Sus compañeros de primaria ¿leyeron los poemas de este autor que la crítica considera “imprescindible”? 

También la vida de Matsuo Kinsaku o Munefusa, a quien se reconoce como fundador de la tradición del haiku, poemas de 17 sílabas que el padre traducía a Watanabe en el corral de los pollos y los patos de la casa de la infancia, podría haber sido inventada por un narrador imaginativo. 

En una sociedad feudal, un samurái de casta baja es el paje del hijo del señor. El futuro heredero estudia poesía y el paje estudia con él una actividad reservada a los nobles. Son púberes. Juntos desarrollan pericia y sensibilidad en el haikai renga, composición literaria que se escribe entre varios poetas. Firman sus textos con nombres nuevos, creados por ellos. ¿Se enamoran? El amo muere muy joven. La familia libera al samurái. En una sociedad feudal Matsuo Munefusa es un siervo libre.

No tiene tierras como los señores, pero como ellos posee tiempo y herramientas culturales. Observa los campos de arroz sin la preocupación del poderoso ni la del campesino que se dobla en la cosecha. No puede prosperar, tampoco empeorar. Advierte los kigos, signos de las estaciones, que conoció leyendo. Sale a caminar durante meses. Ni monje mendicante, ni ladrón de caminos, ni noble de paseo, o quizás un poco de todo eso. Se hace llamar Basho. Publica. Da talleres de escritura. ¿Turista antes del turismo? Viajero en busca de experiencias. Neo jipi japonés. 

Escribe poesía y narrativa. Ha publicado Que te recontra (2024); Las onomatobellas (2016) Premio Sor Juana Inés de la Cruz, infantil; Donde la ciudad termina (2013) y Los rimaqué (2002). Ha publicado novelas, cuentos y libros álbum. Editora literaria de pequeño editor. Formó parte del equipo creador y condujo el programa Susurro y altavoz de Canal Encuentro, premiado en Japón, Uruguay y Argentina. Dicta talleres de poesía a docentes, adolescentes y gentes.