29 de octubre de 2026

29 de octubre de 2026

 En el espejo de su propia muerte cada hombre redescubría el secreto de su individualidad

Ariès, Historia de la muerte en Occidente.

¿Qué da más miedo: una historia donde hay muertos, o una contada por muertos? Podríamos responder que muertos hay en todas partes: en la memoria, en los cementerios, en las películas, en las fotografías, en las morgues, incluso en los hospitales. Sin embargo, que un muerto cuente una historia, eso sí que pone los pelos de punta. La buena noticia: para esta opción, está la literatura, que es un poco menos escalofriante, ¿o no? 

En honor a la proximidad del Día de Muertos (cuyo origen es prehispánico y perdura como celebración en algunas partes de Latinoamérica), algunos difuntos se manifiestan para contar historias. En ellas, los muertos nos presentan sus vidas, más que sus muertes. 

Tomemos para pensarlo tres casos de la literatura latinoamericana que ya resultan clásicos: La amortajada, de María Luisa Bombal (1938), Mapocho de Nona Fernández (Chile, 2002) y Redoble por Rancas de Manuel Scorza (Perú, 1970). 

En La amortajada, la difunta Ana María observa su propio velorio, procesión y entierro desde la posición horizontal de la que nunca más volverá a erguirse. En Mapocho, la Rucia cuenta cómo vuelve a Santiago de Chile para esparcir las cenizas de su madre, pero los muertos que habitan la ciudad harán sus respectivas apariciones y contarán sus historias, incluyendo el propio cadáver de la Rucia, flotando en el Mapocho. En Redoble por Rancas, todo el pueblo de Rancas y Yanacocha, en Perú, se enfrenta a su propio final ante el avance de la empresa Cerro de Pasco Corporation sobre sus tierras y recursos. Y la historia la contarán desde la tumba. Definitivamente no es un spoiler: desde los inicios de las obras, los muertos se apropian por momentos de la narración en primera persona. O al menos, de la inminencia de la muerte en la obra de Scorza.

Las preguntas que deberíamos hacernos, entonces, son: ¿cómo es posible que los muertos puedan narrar? Y si los muertos hablan ¿qué pueden decir? Mejor aún: ¿a quién le hablan? Aventuremos tres hipótesis, tres simples afirmaciones conjeturales, que performan posibles respuestas.

Ojos nictálopes

Los ojos son una verdadera ventana al alma. Es una conexión directa entre la vida y la muerte. Se trata de un pendiente con la vida, de descubrir un secreto de la propia individualidad que estaba oculto entre preocupaciones mundanas y sólo es visible en la oscuridad; ya sea en la soledad de la cama de la Amortajada, o de la corriente del río Mapocho; o desde el cementerio del pueblo de Rancas. Es en esa misma oscuridad del pueblo donde el Chacón de Rancas, alias el Nictálope, espera para matar al juez Montenegro por todas las injusticias que sus dictámenes egoístas causaron en el pueblo. Ahí dónde esperamos ojos nictálopes vidriosos, apagados, vacíos, bocas secas y silencio, encontramos, en cambio, ojos que reflejan, que rememoran, y todavía ven con vitalidad perturbadora. Rememoran la vida mucho más de lo que hablan de la muerte; y con el gesto trazan nuevas significaciones. Es decir, los muertos también crean. Pero aún así, hay una diferencia: los ojos de los muertos han atravesado el velo. Sólo pueden ver el pasado o la oscuridad desde sus nichos. Y deben acostumbrarse a ver en la oscuridad. Primera hipótesis: los muertos quieren contar sobre la vida, más que sobre la muerte. Quizás, porque tienen más experiencia en la primera que en la segunda. Quizás, porque aún no son plenamente conscientes de su muerte hasta que descansan en sus cajones (y en las tres novelas, los muertos deben llegar al cajón, previo recorrido primero). 

En Mapocho, los muertos aún tienen cosas que decir sobre esa vida que vivieron, de la misma forma que la Rucia busca a su hermano, al Indio, “como un cíclope en busca de su otro ojo”. Y como no tienen voz ni pulmones que se hinchen de aire, narran con los ojos nictálopes que ahora poseen y la mirada que se va acostumbrando a la noche eterna.

Entonces, en esta novela la narrativa toma una particularidad: los fantasmas rondan todos los espacios. Dentro y fuera de las casas, de la ciudad de Santiago, en los recuerdos y en el presente. La muerte conforma la geografía local y es un elemento natural más, como el mismísimo río Mapocho o esa Virgen que no se molesta en girarse a ver las desgracias de sus fieles marginados en las zonas bajas. El río, como un ombligo que enlaza vida y muerte, une a la ciudad con la Historia; o conecta al “culo del mundo” (Chile) con la vanguardia civilizatoria (Santiago). Tal es la desesperación de la Rucia errante en la ciudad que casi deseamos que ese anciano atormentado en el cementerio y esa joven Rucia recién retornada de Europa, que lleva las cenizas de su madre, compartan más que su dolor, que sean quien el otro busca. Junto a la Rucia, esperamos también al Indio, su hermano, y a la abuela. A la madre no, porque está ahí. Silenciosa, cosa que no era en vida, pero presente como lo fue siempre. Como lectores (y compañeros de la Rucia en su viaje), casi tenemos esperanzas de ver a esos muertos abandonados por la Virgen como si estuvieran vivos, porque recorren las mismas calles, preocupados por los mismos problemas mundanos. 

A su vez, en Redoble por Rancas, descubrimos página a página la verdad recubierta poéticamente: los muertos no están más muertos de lo que lo estaban en vida. Ni siquiera cambia la cantidad de tierra que los cubre porque, después de todo, generaciones enteras de hombres topo, de mineros, han respirado, comido, dormido y cogido con más tierra sobre sus cuerpos.

¿Y en La amortajada? La mujer muerta en su cama ya no llora, no ríe. Sólo recuerda. Se desencanta de esa vida, que quizás nunca quiso. Tal vez se dio permiso por primera vez para decir: esta no es la vida que deseaba. La vitalidad fluye en la naturaleza que la rodea en sus recuerdos y en su procesión; en el sepulcro. Todo aquello que en vida no tuvo lugar, tiene un espacio por primera vez ante sus ojos desde la cama del velorio: el amor de su vida y de quien la única semilla de su amor se marchitó antes de ser fruto; a la hija con la que nunca se relacionó, al hijo al que, asqueada y sorprendida, le encuentra una arruga; al marido que la engañó tantas veces. Ana María ve y siente porque está aún en ese limbo, está pasando de la muerte de los vivos a la muerte de los muertos. Los ojos nictálopes sólo pueden pertenecer a ese entremedio. Esa mirada ocurre donde todavía se ve y se siente, tal y como Ana María siente el velo que cubre sus ojos, o la Rucia siente el olor fétido del río o los fragmentos de vidrio incrustados en su cabeza, o Rancas que “soñaba que el agua bendita podía salvarla”, aunque ya era tarde.

Tiempos fragmentarios

Tal vez esos ojos nictálopes aún ven, pero la imagen ya no se actualiza. La recursividad temporal que les acompaña es inevitable. Estos muertos pueden hablar de la vida desde el final del camino, pero eso no significa “con el diario del lunes”. Es por eso que su narración es fragmentaria, recortada, con los tiempos distorsionados. Deben crear sus líneas, y en algunos casos incluso deben forzarse a recordar (en especial en Mapocho, donde hay que recorrer el camino de la Historia oficial, la de los españoles y la dictadura, recogiendo los fragmentos de violencias y desaparecidos). Los muertos no van a hacerlo fácil, quizás porque tienen todo el tiempo del mundo para decirlo, o porque no pueden poner en orden toda la existencia y heridas con las que cargan; o tal vez aún no pueden aceptar la muerte. Segunda hipótesis: los muertos hablan sobre la vida, pero pueden hablar sólo desde el cuerpo en descomposición. Por eso sólo pueden recuperar fragmentos y por lo tanto la primera persona aparecerá por momentos. Además, los tiempos se entremezclan, los recuerdos afloran y la reposición del tiempo narrativo se presenta como un desafío para el lector. Aunque no es culpa de los muertos: intentan llenar huecos de la vida con lo que les queda de materialidad, con ojos que ya no están irrigados ni admiten paisajes nuevos.

La narrativa de La amortajada, está construída por fragmentos breves sin enumeraciones y sin títulos. Es una versión individual que lleva al lector a creer solamente la amortajada como una pobre mujer decente que ha sido engañada por su marido, rechazada por su primer amor, y que no tiene tiempo o interés para sus hijos o el hombre que la ama tortuosamente en silencio. Mientras que en Mapocho la Rucia dirá lo que ve desde el cajón, y con ello cada muerto que toma voz dará sus versiones, sin fiabilidad ni búsqueda de objetividad. Sólo mostrará lo que sus ojos pueden ver, que no lo es todo. De  una forma muy similar, en Redoble por Rancas, el narrador cambia forma espontánea  y sin previo aviso, sin siquiera introducciones o marcas temporales claras.

El tópico de la temporalidad en la narrativa es de interés para teóricos y críticos de la literatura, especialmente en obras como Mapocho y Redoble por Rancas ya que la ficción se remite a hechos y personajes históricamente reales. Podemos señalar que además de estar compuesto de fragmentos, el tiempo responde a una historia circular conservadora y occidental como la repetición del tiempo sin escapatoria: en La amortajada, todo remite al pasado. En Redoble por Rancas, el Cerco como forma occidental frente a la cultura pueblerina más cercana a la cosmovisión andina (o a lo que queda de ella a mediados del s. XX). En cambio, dentro de Mapocho la circularidad histórica está marcada en el río Mapocho que nunca termina de arrastrar los restos del puente o a Lautaro sin cabeza que aún cabalga (porque Chile también tiene su propia versión de Sleepy Hollow como narrativa fundacional); así como al tren que serpentea lleva los cuerpos desaparecidos por la dictadura.

Lo que los muertos crean con sus narraciones son versiones contradiscursivas de la Historia oficial, como señala la crítica literaria. Esto importa porque la interpelan en tanto versiones, especialmente en Mapocho con la culpa que carga Fausto por haber borrado a los muertos que circulan en las calles de los tomos de Historia que escribió para la dictadura; y en Redoble por Rancas, libro que permitió sacar al Chacón (real, histórico) de la cárcel.

De los muertos y para los muertos

Si estos difuntos crean versiones fragmentarias, ¿de qué sirve toda esa construcción narrativa? Tercera hipótesis: los muertos se hablan, en primer lugar, a ellos mismos para recordar lo que el trauma de vivir o de estar muriendo no les deja saber (especialmente en esa Rucia incestuosa o esa Ana María reprimida en vida). En un segundo momento, son una potente forma de construcción de memorias para los vivos a través de versiones, que desarticulan la Historia con mayúscula.

La procesión fúnebre funciona como una reintegración. Los muertos pueden hablar, pero de muerto a muerto: en La amortajada, la trayectoria vital de Ana María se reconquista el día de su muerte y su coloquio monologal; mientras que en Mapocho las descripciones que la Rucia del cajón, dentro del río Mapocho, le hace a la Rucia del puente (la ¿viva?) convierten al paisaje y a ella misma en un todo, y las palabras finales que el Indio hace a la Rucia limpian dos cuerpos que ya no volverán a encontrarse. Los muertos más recientes del pueblo de Rancas en Redoble por Rancas, tras la procesión fúnebre, cuentan a los muertos más antiguos cómo terminó la rebelión allá abajo, en el pueblo de Yanacocha. Los primeros en escucharse son ellos mismos, y esa narración está ahí para procesar la muerte de los vivos, como escribe Bombal, autora de Mapocho.

Sin embargo, los narradores omniscientes hacen que la historia y lo que los difuntos no saben llegue a los vivos. Con este procedimiento, aparece la memoria colectiva en Mapocho y Redoble por Rancas con su contradiscurso. El motivo por el que vale la pena agenciar a los muertos en el lugar de narradores y como personajes es porque no cargan con ese dolor de la herida, sino que la portan mortuoriamente como cicatriz que denuncia haber vivido.

Esa memoria es una forma testimonial, que en Latinoamérica tiene una amplia trayectoria no ficcional para dar voz a los subalternos, como resalta la crítica. Si bien los marginados de las obras de Fernández y Scorza son los muertos, pueden intervenir en la realidad como construcción de la memoria colectiva subalterna: la del pueblo. La crítica también se ha pronunciado al respecto: la poética metahistórica que impugna la memoria tradicional no deja mentir sobre los silenciamientos y asesinatos que fueron usados como cimiento para la narrativa nacional. Sólo que ahora los muertos son quienes tienen la palabra, como versión fidedigna de la masacre, como los muertos de Scorza.

En definitiva, el cuerpo en descomposición y los ojos nictálopes acostumbrados a la oscuridad permiten a los difuntos “ver pasar” las vidas y la muertes que tuvieron. Pueden contarlas sólo a través del fragmento o de la escisión, de la ausencia. Sin embargo, es gracias a sus relatos que se gesta un contradiscurso a la Historia oficial, y por tanto pueden interpelar a los vivos. Acaso estos muertos no buscan asustarnos ni demostrar que están muertos, sino que quieren hablarnos sobre cómo vivieron.

Feliz día de los muertos.

Estudiante de Letras. Escribe e imagina desde que tiene memoria. Apasionada lectora de todo lo que llega a sus manos. Escribió cuentos que forman parte de antologías: “Historia de un amor” para San Miguel en poesías y cuentos, con el que recibió un segundo lugar en Olimpiadas; y “Chiquero” para Cruces vitales: reimaginar lo viviente. Siempre está metida en mil proyectos